Segunda Parte

 

 


 


Sin poder remediarlo a la noche siguiente salió al exterior con la esperanza de volver a ver esa estrella, ¡cual fue su gozo de verla de nuevo aparecer!.
No podéis imaginar esa luz que emana de un corazón lleno de amor, dejando una estela de sentimientos: comprensión, generosidad, honradez y bondad, sentimientos castigados por la soledad del firmamento, por la indiferencia del resto del universo, sentimientos que siempre ha guardado como su mejor tesoro para ofrecerlo a todo aquel que ha disfrutado de su paso, tesoro que ha conservado para entregar a aquel que sepa apreciarlo y sepa hacer mejor uso de él.
Noche tras noche salió a recibirla, a gozar de su paso, a dejar llenarse su
corazón de amor por ella tras comprender que era a él a quien venia a visitar. No existía el frío, ni tempestad, ni contrariedad que impidiera compartir la noche, cada uno en su lugar, esperando el día soñado que esa distancia entre ambos desapareciera y poder formar un nuevo hogar.
Las noches pasan rápidamente y algo no funciona, la estrella, atrapada en su inercia no puede dejar su soledad, y sumidos en una interminable espera ven como las noches cada vez se vuelven más oscuras.
Ambos poco a poco sienten como duele el amor que no puede ser compartido, ambos son aplastados por la soledad que ofrece el destino, no pueden entender qué pecado han cometido que dos vidas llenas de amor, dispuestas a darlo todo y ha recibirlo todo, no puedan compartir el mismo camino.
No se puede saber lo que es la tristeza hasta que no ves sufrir a quien amas, a no poder darle lo que tienes, a ver que el amor de tu vida no puede entregarte lo que con sufrimiento y orgullo ha conservado para ti, no se puede saber lo que es la tristeza hasta que no sientes morir la esperanza.

Ángel Martínez.
©Derechos Reservados.
 


Susana García

 

 

 

 

 

 

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